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DISCURSO MARCELO LUIS VERNET

Le agradezco la posibilidad que se me brinda para peticionar, al considerar este honorable Comité la “Cuestión Malvinas”.

Mi nombre es Marcelo Luis Vernet, mi oficio es escribir. Me liga a las Islas Malvinas, en tanto ciudadano argentino, su profunda significación como cuestión de soberanía y causa nacional que atraviesa nuestra historia, prácticamente, desde que nacimos a la vida política como Nación. También, mi propia historia familiar se ata con un hilo de sangre a esta historia de todos.

La abuela de mi abuelo fue María Sáez de Vernet, esposa de Don Luis Vernet, primer Comandante Político y Militar de las Islas Malvinas y las adyacentes al Cabo de Hornos en el Mar Atlántico, cuando por decreto del Gobierno de Buenos Aires dicha Comandancia fue creada, el 10 de junio de 1829.

Invoco especialmente el recuerdo de María Sáez porque a ella quiero referirme o, más precisamente, a la que fue su casa y su pueblo, desde el 15 de julio de 1829 en que arribó a las Islas. Ya en1823, se ha ido involucrando su casa con el ventoso mundo de Malvinas. Primero fueron concesiones del gobierno para usufructuar el cuero de ganado cimarrón y el aceite de lobos, después la instalación de estancias para el amanse y cría de ganado. Su hermano, Loreto Sáez, su cuñado, Emilio Vernet, ya se instalan en el Puerto de la Soledad en 1824. Su marido, desde 1826, viaja a Malvinas y permanece largas temporadas. El 5 de enero de 1828, un decreto del gobernador Dorrego, le otorga a Luis Vernet “los terrenos que en la Isla Soledad resultaren vacíos (…) y la Isla de los Estados”, con el objeto y bajo la expresa condición de aumentar y consolidar la población de las islas y “la población y extensión del territorio en las costas del Sur y fomento de sus puertos”, consolidando “nuevos canales de prosperidad nacional con el fomento del importante rubro de la pesca”. Y ahora, el 19 de Junio de 1829, zarpa nuevamente Vernet del puerto de Buenos Aires hacia las Islas. Pero esta vez es distinto, va con su familia, va para quedarse. El decreto del 10 de junio fija la residencia del Comandante de Malvinas en el Puerto de la Soledad. María tiene 29 años y tres hijos; la más pequeña, Sofía, aún no camina, dará sus primeros pasos en Malvinas. Cuando su marido le lee entusiasmado el decreto de su designación, carga un embarazo de dos meses, y el decreto no consigna en su articulado que el 5 de febrero de 1830 María debe dar a luz en su nueva casa, muy lejos.

Recientemente, Peter Westmacott, embajador británico en Estados Unidos, hace referencia a la historia de Malvinas en una nota publicada por el Washington Post en su edición del pasado 16 de abril. En ella leemos con asombro (cito): “La única presencia argentina fue una breve ocupación militar en 1832, que las fuerzas británicas removieron al año siguiente”.
No pretendo polemizar. Más que el grosero error histórico en boca de tan alto representante del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, me preocupa la permanente actitud que pone de manifiesto. El sistemático ocultamiento y distorsión de la historia de Malvinas, conforme a sus intereses; porque esta actitud no ayuda a la comprensión y entendimiento entre los pueblos.
Permítaseme, entonces, dar testimonio de la que fue mi casa y mi pueblo en Malvinas. Creo que en esta historia podremos encontrar un tono entrañablemente argentino y americano, pero no beligerante, para hablar de Malvinas; algo que siendo nuestro no nos separe, algo que pueda ser compartido, porque es también la historia de los isleños, que les ha sido negada por la administración colonial.

El 15 de julio María arriba al Puerto de la Soledad. Acompañan la expedición 23 familias que iban a engrosar la población argentina existente. Ese mismo día comienza a escribir un diario. Nada extraordinario refieren sus páginas. Sólo la vida cotidiana de un pequeño pueblo donde comparten su suerte pobladores de las provincias de Santiago del Estero, Entre Ríos, Córdoba, Buenos Aires y Santa Fe; paisanos del Uruguay y tehuelches de la profunda Patagonia; campesinos alemanes, que junto a los argentinos levantan sus casas; escoceses y franceses que olvidando el mar se hacen hombres de a caballo y trabajan junto a nuestros paisanos; pescadores y marinos genoveses, ingleses, irlandeses. Hombres que traen sus oficios como única fortuna. También encontraron allí un hogar lejano africanos que por los avatares de la guerra con Brasil, donde iban destinados como esclavos, terminaron siendo colonos de Malvinas. Su población estable sobrepasa el centenar de personas, aumentada por las tripulaciones de las embarcaciones que habitualmente hacen allí su recalada.

En las páginas del diario de María, las cartas, papeles oficiales y contratas de trabajo, que hoy conservamos en el Archivo General de La Nación, aún late la vida de todos los días del Puerto de la Soledad de Malvinas.

Es un pueblo de trabajadores, sin presencia militar. Se extiende por algo más de media milla, bordeando la caleta que se utiliza como puerto interior. Se destaca la “Casa principal”, sede de la Comandancia. Frente a ella un mástil con bandera y una batería que, felizmente, sólo se utiliza para saludar con cañonazos alegres a las embarcaciones que entran al puerto o en las solemnidades como ruidoso homenaje a la bandera. Detrás, junto al corral, se encuentra la “Casa de la huerta”, habitada por el jardinero “un alemán que estuvo empleado en la quinta del Barón de Holemberg en Buenos Aires”; por el diario de María nos enteramos que “ha sembrado ya muchas semillas de hortalizas y un día de estos lo hará de flores”. Un poco hacia el oeste, junto a una entrada de mar, la “Casita chica llamada del horno”, habitada por el estaqueador de cueros.
Si vamos hacia el este, atravesando el puente del arroyo, damos con las casas del herrero y el pedrero. Muy cerca, la casa de Julio Grassi, el encargado de la salazón de pescado. Es un genovés que en su contrata dice ser de oficio “navegante”. De 36 años, está casado y tiene dos hijos. María se ha hecho amiga de su esposa y en sus paseos siempre se llega hasta el pescadero que está junto a la playa a media legua de su casa. El jueves 29 de octubre fue de fiesta: “Es el primer día que se echó la red, donde fueron tomados cuatrocientos peces y muy grandes”.
De lo de Grassi, hacia la barranca, está la casa del cirujano del pueblo, de cal, canto, piedra y arcilla. Junto al arroyo, las casas de las familias Klein y Hagener, que antiguamente servían de hospital a los españoles. Con sus paisanos plantaron una huerta protegida por tapias. Siguiendo siempre hacia el este, hacia el acantilado que da al puerto exterior de la Bahía de la Anunciación, están las ruinas del fuerte español que hoy se usan de corral para la hacienda. Junto al corral grande, las casas de los que cuidan el ganado y sobre la caleta, el muelle. Cerca del muelle el almacén y casa del despensero Guillermo Dikson, que todos llaman “la pulpería”. Aquí y allá, más de quince ranchos de césped y turba, techados de tusak. Las casas de los peones que van y vienen del poblado a las estancias, “el campo”, como le dice María. Como aún hoy llaman “camp”, en las islas, a la inmensidad que se extiende fuera de las ciudades, con esta acepción que en inglés no existe.
Las más cercanas son la del Sur y la del Rincón Grande de Oviedo, a unas 8 leguas de las casas.
El campo es tierra de hombres y caballos. Podemos rastrear sus huellas en las contratas, las anotaciones de Vernet, el diario de María: “14 de septiembre: Los peones Centurión, Simón, Pío Ortiz, Antonio Rivero y Guillermo Dickson, se fueron al sud con el negro Antonio a hacer tropas para traer aquí en pie”. “Pío Ortiz se ha comprometido ha quedar de boyero para cuidar el ganado y los caballos. Él ayudará a Mr. Woodrop en el amanse de las vacas”. Mar y campo se unen. Los corrales se hacen cerrando con palos las bocas de las penínsulas, los palenques, con costillas de ballenas.
El pueblo se completa con el muelle, los almacenes de piedra, el de la ropa y demás pertrechos, el de víveres, el almacén de maderas, que se traen de Isla de los Estados, el almacén de la turba. La panadería, a cargo de Jacinto, un portugués que ya le tomó la mano para que leve el pan en los fríos amaneceres de Malvinas. Lo ayuda Marta, que ese año, el domingo 25 de octubre, se casó con Antonio, el capataz de los negros. Por el diario de María sabemos que “se juraron eterna fidelidad ante cuatro testigos y los padrinos”, que “firmaron la contrata y convinieron en formalizarlo por la iglesia, cuando fueran a Buenos Aires”; por supuesto, “los padrinos le dieron convite y baile a la noche”.
Como es un pueblo en construcción, no falta una herrería, el obrador de carpintería y “una casa que se ha compuesto para juntar la paja que se corta para techar las casas”. Y el rancho del tonelero, en la parte oriental, que como es amplio se utiliza también para organizar bailes los días de fiesta.

El domingo 30 de agosto de 1829 fue un día de fiesta para este pueblo. María anota en su diario: “Muy buen día de Santa Rosa de Lima, por lo que determina Vernet tomar hoy posesión de las islas en nombre del Gobierno de Buenos Aires. A las doce se reunieron todos los habitantes, se enarboló la bandera Nacional, a cuyo tiempo se tiraron veintiún cañonazos, repitiéndose sin cesar el vivas a la Patria. Puse a cada uno en el sombrero cintas con los dos colores que distinguen nuestra bandera”.
El día de Santa Rosa de Lima, patrona de América, se reunieron todos, hombres y mujeres de buena voluntad que fueron a habitar suelo argentino. Según cuenta la abuela de mi abuelo, gritaron “Viva la Patria”, en tonadas y acentos que me es difícil imaginar. Ese día, la Comandancia de Malvinas nació bajo el signo de América. Y bajo este signo se cifra su destino.
Sr. Presidente, vengo a dar testimonio de esta historia de paz, negada por el usurpador, para contrastarla con el presente: una base militar británica en el Atlántico Sur, un enclave colonial desgajado de su natural pertenencia americana, una factoría con población trasplantada.

Sr. Presidente, traigo aquí esta historia cotidiana que protagonizó mi pueblo, en el convencimiento que fundar ciudades, trabajar, celebrar la vida, casarse, enterrar los muertos y parir hijos sobre una tierra, son también actos de dominio y posesión. Pero sobre todo para que imaginemos cómo hubiera continuado esta historia sin la violenta intromisión imperialista del Reino Unido, que en 1833 usurpó nuestra tierra. Seguramente se hubiera cumplido la esperanza puesta de manifiesto por Vernet en la proclama de ese 30 de agosto de 1829 (cito) “El Comandante espera que cada uno de los habitantes dará en todo tiempo subordinación a las leyes, viviendo como hermanos en unión y armonía a fin de que con el incremento de población que se espera y que el Superior Gobierno ha prometido fomentar y proteger, nazca en su territorio austral una población que haga honor a la República”. Seguramente, los colonos venidos de lejanas tierras hubieran hecho suya la patria de sus hijos. Seguramente, la guerra no hubiera estado en su futuro.

Señor Presidente
Quiero solicitar que este Comité promueva, efectivamente, la concreción de un diálogo constructivo entre el Reino Unido y la República Argentina, de conformidad con las resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas y de este Comité, para encontrar una solución pacífica, justa y duradera de la controversia de soberanía.

Muchas gracias, señor Presidente.
Marcelo Luis Vernet
 

 


 

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